Algo más de cinco mil viviendas forman la vida de Sarriguren, una localidad navarra situada en el Valle de Egüés. Su pequeña comunidad vive en aparente normalidad, aunque existen ciertos elementos que convierten este hábitat en peculiar, desconocido y difícilmente extrapolable a otros puntos de España. Su nombre, de origen vascuence, da la pista: ‘Hermosa espesura’.
Aprovechando ese enclave verde, Sarriguren vive en consonancia con el medio. Sus habitantes asumen una vida ejemplar en el ahorro energético, la captación solar, la reutilización de aguas residuales y de lluvia para el riego. Además de la citada energía solar, recogida mediante paneles y fotovoltaicos, esta ecociudad también confía en la eólica (molinos) y la biomasa, materia orgánica utilizable como fuente energética.
Desde el punto de vista arquitectónico y urbanístico, los planes han respetado ciertas premisas. Los edificios deben ser construidos de tal manera que pueda captarse el sol directamente en temporadas frías y evitando sombras en construcciones contiguas. De este modo, la altura de la ciudad decrece en dirección sur, así como hacia el este y el oeste, derivando hacia espacios naturales abiertos.
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Con el fin de regular adecuadamente el medio ambiente, Sarriguren incorpora un lago que permitirá gestionar eficientemente los recursos hídricos, principalmente sirviendo como almacén de agua para uso público. Además, alejada de pretensiones churriguerescas, esta gran piscina artificial se integra con naturalidad en un escenario ya de por sí salvaje.
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